Este sacrificio temporal de su especialidad tuvo una contrapartida excepcional: su encuentro y sintonía con Tristán La Rosa, un veterano sabio, de primerísimo nivel, de lo mejor que existía en el periodismo español, pero a los ojos de Xavier con el atractivo añadido de ser un muy experimentado profesional en el área internacional a través de largos años como corresponsal de La Vanguardia en Londres y París, así como desde destinos temporales en Nueva York, Roma y Moscú. Se hicieron amigos de verdad. Pasaban parte de las largas horas nocturnas de espera de las pruebas de las páginas que se iban a publicar al día siguiente enzarzados en analizar temas como la guerra fría, las dos Alemanias, el proyecto de Europa o la calidad de las democracias de nuestro entorno. Y, ojo, discutían. Al maestro le encantaba forzar diferencias de criterio, y a Xavier tomar notas de los puntos conflictivos de estos debates particulares para iniciar después, en casa, la búsqueda de datos y argumentos para insistir en sus propias tesis en cuanto fuese posible reanudar la conversación.” (Antonio Franco)
Tristán era licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Derecho. Hablaba cinco idiomas. Fue el primer periodista español que pudo entrar en la Unión Soviética y uno de los seis periodistas de todo el mundo que presenció en Israel el juicio al nazi Adolf Eichmann en 1962.
Tristán había sido corresponsal de La Vanguardia en Londres y en París donde se relacionó con los círculos democráticos, llegando a ser Presidente de la Junta Democrática.
En 1990 Tristán murió de un tumor cerebral, casualmente la misma enfermedad que acabó con Xavier Batalla, quien le dedicó estas palabras desde las páginas de El País:
“Un viejo dicho inglés afirma que la libertad de expresión es la que tienen todos los ciudadanos de andar por la calle, pararse, mirar lo que pasa y contarlo a los demás. Esta fue la función como corresponsal de Tristán la Rosa.
A Tristán le conocí como director, cuando, en una primavera política, procuraba con éxito que los periodistas de su redacción pudieran trabajar en libertad.
Intelectual riguroso, obsesionado con la perfección, interesado por lo universal, su casa era el periodismo de calidad. Con Tristán desaparece un ilustre representante de la cultura periodística de la memoria, del conocimiento. Su gran calidad, como amigo y periodista, mereció ser conocida, pararse y contarla a los demás.”