Después de leer El mundo es una idea, lo menos que se me ocurre decir es que en él se concreta una interpretación del presente a partir de la certidumbre poco discutible de que hay tantas versiones del mundo como autores ha habido y hay capaces de dar una respuesta personal a la gran pregunta: ¿por qué el mundo es cómo es? Xavier Batalla afrontó la cuestión a partir del conocimiento pormenorizado del pensamiento político y la praxis diplomática y militar de Estados Unidos, proyectada a los cuatro puntos cardinales; fue en busca de respuestas a partir de los dilemas y las contradicciones consustanciales al idealismo y al realismo como referencias permanentes de las ideas del mundo que han configurado nuestro tiempo.
“Con los esfuerzos para comprender la escena después del 11 de septiembre ocurre lo mismo que con la elaboración de una teoría sobre el conjunto de la historia, su finalidad y las normas que presiden las transformaciones”, dejó escrito Batalla en el largo preámbulo. Esa dificultad para deshacer la madeja queda reflejada en muchos de los artículos recogidos en el libro. Y acaso sea esta la mayor de las virtudes de la suma de análisis publicados durante años según soplaba el viento de la actualidad: constituyen su idea del mundo; compendian una teoría del laberinto de nuestros días si así quiere definirse.
La otra gran cualidad de El mundo es una idea es que elude los argumentos fáciles, los lugares comunes y los análisis binarios. Aborda la historia inmediata, la de los sistemas de relaciones internacionales vigentes en cada periodo, desde la vertiente occidental, desde la tradición intelectual anglosajona –estadounidense–, que tan bien conocía el autor, pero no rehúye la mirada del otro, la solvencia de otros puntos de vista, el rigor de otras aproximaciones. A quienes fuimos lectores suyos desde siempre, no nos sorprende este rasgo del libro, cultivado antes en sus artículos; a quienes lean a Batalla por primera vez quizá les llame la atención la ironía entre líneas que avisa de que las cosas no son a menudo como nos parece que son aun siendo capaces de procurar interpretaciones convincente.
Solo en el compromiso ético no tiene cabida esa inclinación hacia la comprensión de los diferentes puntos de vista. Aun admitiendo que “el debate entre el mundo natural, en el que mandan los intereses, y el mundo modificado por la ética, que sería el de los principios, será seguramente interminable”, la distinción entre víctimas y victimarios es una constante en los textos de Batalla y es también el punto de partida del mayor reproche que dirige a uno de los autores que más cita, Henry Kissinger, quien, llevado por su realismo sin fisuras, despreció los aspectos morales. En este sentido, la mirada de Batalla es la antítesis de la de Kissinger: si este, en Un mundo restaurado, antepone a cualquier otra consideración la eficacia del realismo político que se impuso en la Viena de 1815, en El mundo es una idea prevalece la consideración ética sobre la oportunidad política.
Ese compromiso ético explícito me lleva a esa otra conclusión: en el libro de Xavier Batalla, así en la introducción como en muchos de los artículos que recoge, se desarrolla una teoría de la paz diferente a la pax mercatoria pergeñadaa la medida del siglo XXI, una pax que, a lomos de la globalización y de la crisis económica, parece haberse adueñado de la lógica de las relaciones entre los estados y de las políticas nacionales. No sé si esta teoría de la paz delineada por Batalla tiene reminiscencias kantianas, bebe en la fuente del idealismo wilsoniano o responde a su preocupación personal de siempre por la suerte de los hombres, sometidos a las servidumbres de los intereses y los sistemas, pero ahí está para hacernos reflexionar.