XAVIER BATALLA
DOMINGO, 8 SEPTIEMBRE 1991
La fase terminal de la Unión Soviética se ha acelerado golpe a golpe. En tres semanas, tres golpes. Como si tratara del caso de una muñeca rusa. El primer golpe, de carácter aparentemente militar, fue perpetrado por el aparato comunista; el segundo, por la oposición reformista radical, y el tercero, auspiciado por Mijail Gorbachev y Boris Eltsin, fue bendecido a regañadientes por los 2.250 diputados del Congreso que se hizo el haraquiri. En definitiva, tres golpes en uno, que, primero, desequilibró al funambulista del Kremlin y, después, les costó la cabeza de piedra a los padres de la patria socialista.
Lenin, hoy a punto de recibir la orden de desahu cio en su propio mausoleo, escribió, aunque pensando en todo lo contrario, cómo podía ser el final de lo que debía haber sido el final de la historia: primero, sentenció, se produce la crisis en la cúspide y, después, el descontento de la base. Y así sucedió el pasado 19 de agosto, cuando la “banda de los ocho” desencadenó los acontecimientos.
A los dirigentes soviéticos, históricamente pendientes del calendario revolucionario francés, siempre les ha obsesionado Bonaparte; bonapartista, por ejemplo, fue Trotski, el fundador del Ejército Rojo, según Stalin. Sin embargo, los golpistas del 19 de agosto tal vez se creían Napoleón, pero no re presentaban la tentación bonapartista ni tampoco eran Jaruzelski. La intentona respondió sobre todo a la desorientación de la cúspide provocada por los constantes cambios de rumbo de Gorbachev. El presidente soviético empezó la “perestroika” intentando aislar a los sectores más reaccionarios; después, para ponerse al abrigo de los reformistas radicales, cambió de alianza, y, finalmente, volvió a los orígenes de la reforma con el pacto alcanzado con el presidente ruso, Boris Eltsin, para desmontar controladamente el andamiaje de la URSS.
El epicentro de la conjura golpista del 19 de agosto parece estar localizado inequívocamente: el proyecto de un nuevo Tratado de la Unión, que debería sustituir al fundacional de 1921. Pero los motivos del fracaso son al menos dos: por una parte, la división del ejército y, por otra, la resistencia popular, capitaneada por Eltsin. No es fácil saber qué fue primero, si la gallina o el huevo. Pero no cabe duda de que sin la desobediencia militar a los oficiales golpistas, la extraordinaria actitud de los ciudadanos moscovitas reunidos en torno al edificio del Parlamento ruso habría sufrido la misma suerte que los estudiantes chinos congregados en la plazade Tiananmen, en 1989.
Después, el descontento de la base moscovita, cansada incluso del insuficiente espíritu aperturista de la “perestroika”, aceleró los acontecimientos. El segundo golpe, ocurrido el 23 de agosto, en plena lógica de la revolución, se registró cuando Boris Eltsin, no sin cierta chulería, desenfundó su pluma para firmar ante las narices de Gorbachev, que entonces acababa de reiterar su determinación de reformare! sistema desde dentro, el decreto por e! que se suspendían las actividades del Partido Comunista en territorio ruso. El siempre imprevisible Eltsin, con bien ganada fama de impetuoso y decidido; había vuelto a ser fiel a sí mismo: como en tantas otras ocasiones históricas de su irresistible ascensión, tampoco esta vez se había olvidado de que su arrebato fuera captado de manera oportuna por las cámaras de televisión.
Mijail Gorbachev, humillado por partida doble —por sus antiguos colaboradores y por su antiguo rival— tardó en recuperarse, pero cuando lo hizo, empujado por Eltsin, dio e! tercer golpe: primero dimitió como secretario general del Partido Comunista de la URSS y, después de soltar el lastre histórico, liquidó los máximos órganos del poder soviético y propuso nuevas estructuras centrales para un periodo de transición hacia una nueva Unión.
Gorbachev, que hasta el último momento intentó salvar al Partido Comunista y defendió la “perestroika” como reforma y no como ruptura, firmó el acta de defunción de la Unión Soviética tal y como se ha entendido durante siete décadas, pero quizá sigue pensando que Marx aún puede acertar en una cosa: tesis, antítesis y síntesis. El 19 de agosto, fue la tesis, aunque algo chusca, de la “banda de los ocho”; después, la antítesis radical y anticomunista de Eltsin. Tal vez el funambulista del Kremlin piense desde su nueva situación, en la que resiste a representar el papel de reina madre, que lo aprobado por el Congreso de los Diputados de la extintaURSS es la síntesis que permitirá salvar lo salvable.
Artículo completo: REV19910908-Unión Soviética. -Golpe a golpe-