XAVIER BATALLA
SÁBADO, 1 DICIEMBRE 2007
LA NUEVA AGENDA
Rusia ha librado dos guerras frías desde el siglo XIX: la primera, en Asia Central, contra Gran Bretaña, en lo que se denominó el Gran Juego, y la segunda, contra Estados Unidos, que en 1945 tomó de los británicos el relevo global mientras los soviéticos, con sus conquistas, anulaban la derrota de 1917, ya que la esfera de influencia soviética coincidió con el mapa que la Rusia zarista se había dibujado. Ahora, el mundo, ya sin la Unión Soviética, es distinto, pero Vladimir Putin está acostumbrado al frío.
Una vez acabada la segunda guerra fría, Rusia se encogió mientras la OTAN, al extenderse por el antiguo Pacto de Varsovia, se instalaba a sus puertas. Jacques Attali ha comparado el trato que ha recibido Rusia en la posguerra fría con el tratado de Versalles, que humilló a Alemania. A algunos les puede parecer exagerado, pero lo decisivo no es lo que pensemos los occidentales, sino lo que debe de esta incubando Putin. Boris Yeltsin fue un presidente popular en Occidente, que le agradeció la operación de derribo. Putin, con la energía que le suministran unos hidrocarburos caros, es popular en casa por haber devuelto la confianza a los rusos, cosa que Occidente ya no aplaude.
A principios del siglo XIX, Rusia perteneció a la familia europea cuando las tropas del zar formaban parte de la Santa Alianza. Rusia estaba integrada entonces en el concierto europeo y también lo estuvo mientras los europeos intervenían fuera del continente, como sucedió en la guerra de los bóxers, en 1900, en China. Cuando los rusos fueron vencidos cinco años después por los japoneses fue Europa la que se sintió humillada por la primera derrota del hombre blanco. La situación, a principios del siglo XXI, es muy distinta. En el tablero euroasiático actual existen dos uniones –la Unión Europea, con 27 miembros, y la Comunidad de Estados Independientes, con doce países y liderada por Rusia– que están separadas.
La Unión Europea y Rusia están conectadas por una formidable red de oleoductos y gasoductos de la que dependen energéticamente los comunitarios. Pero europeos y rusos están separados, como si el antiguo telón de acero simplemente se hubiera desplazado hacia el este. Winston Churchill denunció en la Universidad de Fulton (Missouri), el 5 de marzo de 1946, que “un telón de acero desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre Europa”. Ahora, Moscú desconfía de la Unión Europea y de la OTAN porque considera que su expansión amenaza a su esfera de influencia, desde Bielorrusia hasta Georgia, en el Cáucaso, pasando por Kosovo, cuya independencia rompería Serbia, su aliada en los Balcanes. Por eso Putin, que acusa a Estados Unidos de conspirar contra la identidad rusa, reiteró ayer su decisión de retirarse el 12 de diciembre del tratado sobre reducción de fuerzas convencionales en Europa, considerado por los occidentales una garantía para la seguridad en el continente.
Putin no es el único que tiene motivos para desconfiar. Los europeos también esgrimen argumentos de peso para no tenerlas todas consigo. Acusan a Putin de no haber roto con el pasado, de no reconocer la nueva realidad en el antiguo este europeo, de seguir comportándose como un poder imperial, de no respetar las reglas del sistema democrático y de utilizar los viejos instrumentos de dominación soviética sobre sus países vecinos, como ocurre con el petróleo y el gas. Los húngaros han recuperado de la guerra fría un chiste para explicar la situación. Dice esa chanza que los húngaros, después de vencer a los soviéticos en un partido de fútbol, recibieron del Kremlin un telegrama que decía: “Felicidades por vuestra victoria Stop. Petróleo Stop. Gas Stop”.
Los comunitarios continúan preguntándose qué es Rusia y qué quiere, pero no dan con las respuestas. De Gaulle habló de una Europa que debería extenderse desde el Atlántico hasta los Urales. Y Mitterrand y Gorbachov se refirieron a Europa como una casa común. Estas dos ideas, sin embargo, no fueron posibles porque la Unión Europea, al final de la guerra fría, se estaba haciendo mientras la Unión Soviética se estaba deshaciendo. Pero ahora, cuando Rusia se está rehaciendo, estas ideas son aún más impensables. Putin acusa a estadounidenses y europeos de esforzarse en deslegitimar las elecciones legislativas que se celebrarán mañana en Rusia. Pero lo que parece seguro es que el actual inquilino del Kremlin, con la manera que tiene de organizar unos comicios que no contarán con suficientes observadores internacionales, está empeñado en que Rusia no sea Europa. Esto significa que la mala vecindad con la autocracia rusa será, si el pragmatismo no lo remedia, un grave problema para los países comunitarios. Churchill ya se refirió a Rusia como “un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”.
Artículo completo: LVG20071201- Mala vecindad (N.A.)